
Humor desechado por las paredes convetidas en lienzo, un homenaje a las batallas urbanas de la guerra eterna entre lo que se tiene y lo que se quiere, porque la mayoría de las veces no se tiene nada. Sólo faltaba el precio por pagar, los trasnochos y las quejas al mismo tiempo que el asombro y la admiración que algunos como yo, hacen a los artistas de la calle. Anónimos, conocidos por todos y venerados en los callejones y fiestas clandestinas, como si el arte fuera a tomarse en serio. No en esta ciudad.
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